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viernes, 3 de febrero de 2012

"Los apóstoles" (Sección "Imitando a los de Berea")





1 Tesalonicenses 5: 21-22
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Nota tomada de Apocalipsis, los últimos tiempos



Sección: Imitando a los de Berea
La sección "Imitando a los de Berea" puede ser encontrada completa sobre la columna lateral derecha. 
Los escritos pertenecientes a la sección "Imitando a los de Berea" están subidos al blog a modo de disparador para que nos hagan refleccionar en temas importantes que hacen a la fe cristiana y que son de plena actualidad. 
Nunca más atinado citar a San Pablo en 1 Tesalonicenses 5: 21 - 22
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Fuente
En este tiempo donde la confusión es moneda corriente creemos que la humanidad entera tiene en la Biblia una guía segura.

Lo cierto es que también ha entrado la confusión en la iglesia y es justamente porque nos hemos apartado durante mucho tiempo de los principios, de los lineamientos quizás básicos que nos dejara Dios plasmados en su Palabra.
Uno de estos principios tiene que ver especialmente con los ministerios de la iglesia.
Uno de estos ministerios es el apostólico que en estos tiempos finales ha surgido en los ambientes religiosos vinculados con el cristianismo.
Muchos se auto-proclaman apóstoles y son seguidos por centenares cuando no por miles de personas que lejos de poner bajo la lupa dicha proclamación van detrás de ellos ingenuamente.
Ahora bien...¿qué es un apóstol? ¿qué dice la Biblia acerca de este ministerio?
Damos gracias a Dios por los escritos de T. S. Nee que nos remiten nuevamente a la Biblia y comprobamos que aquello que el escribiera no solamente con su puño sino también con su vida está plenamente expresado en la Palabra de Dios.
Palabra que anhelamos sea nuestra única guía.
El siguiente es un pasaje extraído del libro "La vida cristiana normal de la iglesia" de T. S. (Watchman) Nee.
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Los apóstoles


Dios es un Dios de obras. Nuestro Señor dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja”. Y El tiene un propósito definido y dirige todas Sus obras hacia la realización de este propósito. El es el Dios “que hace todas las cosas según el designio de su voluntad”. Pero Dios no hace todas las cosas directamente por Sí mismo. El trabaja a través de Sus siervos. Entre éstos, los apóstoles son los más importantes. Vayamos a la Palabra de Dios para ver qué enseña en cuanto a los apóstoles.


El primer apóstol
En el cumplimiento del tiempo, Dios envió a Su Hijo al mundo a hacer Su obra. El es conocido como el Cristo de Dios, es decir, “el Ungido”. El término “Hijo” se refiere a Su Persona; el nombre “Cristo” se refiere a Su oficio. El era el Hijo de Dios, pero fue enviado para ser el Cristo de Dios. “Cristo” es el nombre ministerial del Hijo de Dios. Nuestro Señor no vino a la tierra ni fue a la cruz por Su propia iniciativa; El fue ungido y apartado por Dios para la obra. El no se autodesignó, sino fue enviado. Con frecuencia, a lo largo del Evangelio de Juan, le encontramos refiriéndose a Dios, no como “Dios”, ni como “el Padre”, sino como “El que me envió”.
El tomó la posición de enviado. Si esto es cierto en el caso del Hijo de Dios, ¿cuánto más se debe aplicar a Sus siervos? Si se esperaba que ni siquiera el Hijo tomara alguna iniciativa en la obra de Dios, ¿acaso es de esperarse que nosotros sí lo hagamos? El primer principio que debemos notar en la obra de Dios es que todos Sus obreros son enviados. Si no hay comisión divina, no puede haber obra divina.
Las Escrituras tienen un nombre especial para un enviado, a saber, un apóstol. El significado de la palabra griega es “el enviado”.
El Señor mismo es el primer Apóstol porque El es el primero que fue enviado especialmente por Dios; por tanto, la Palabra se refiere a El como “el Apóstol” (He. 3:1).


Los doce
Mientras nuestro Señor cumplía Su ministerio apostólico en la tierra, El estaba consciente todo el tiempo de que Su vida en la carne estaba limitada. Por lo tanto, aun mientras llevaba a cabo la obra que el Padre le había confiado, El estaba preparando un grupo de hombres para que la continuaran después de Su partida. A estos hombres también se les llamó apóstoles. No eran voluntarios; eran enviados. Por mucho que lo enfaticemos, nunca será demasiado decir que toda la obra divina es por comisión, no por elección propia.
¿De entre quiénes escogió nuestro Señor a estos apóstoles?
Ellos fueron escogidos de entre Sus discípulos. Todos aquellos que fueron enviados por el Señor ya eran discípulos. No todos los discípulos son necesariamente apóstoles, pero todos los apóstoles sí son discípulos; no todos los discípulos son escogidos para la obra, pero aquellos que son escogidos, siempre son elegidos de entre los discípulos del Señor. Así que un apóstol debe tener dos llamamientos: en primer lugar debe ser llamado a ser discípulo, y en segundo lugar, debe ser llamado a ser apóstol. Su primer llamamiento es de entre los hijos de este mundo para ser un seguidor del Señor. Su segundo llamamiento es de entre los seguidores del Señor para ser un enviado del Señor.
Aquellos apóstoles que nuestro Señor escogió durante Su ministerio terrenal ocupan un lugar especial en la Escritura y también en el propósito de Dios, porque estuvieron con el Hijo de Dios mientras vivió en la carne.
Ellos no fueron llamados simplemente apóstoles; fueron llamados “los doce apóstoles”. Ocupan un lugar especial en la Palabra de Dios y en el plan de Dios. Nuestro Señor dijo a Pedro que un día se sentarían “en tronos juzgando a las doce tribus de Israel” (Lc. 22:30). El Apóstol tiene Su trono, y los doce apóstoles tendrán sus tronos también. Este privilegio no les es otorgado a otros apóstoles.
Cuando Judas perdió su oficio y Dios dirigió a los once restantes a que escogieran uno para completar el número, leemos que echaron suertes y que la suerte cayó sobre Matías, “y fue contado con los once apóstoles” (Hch. 1:26). En el capítulo siguiente encontramos al Espíritu Santo inspirando al escritor de Hechos a decir: “Pedro, poniéndose en pie con los once” (Hch. 2:14), lo cual muestra que el Espíritu Santo reconoció a Matías como uno de los doce. Aquí vemos que el número de estos apóstoles era un número fijo; Dios no quería más de doce, ni tendría menos. En el libro de Apocalipsis encontramos que la posición final que ellos ocuparán es, de nuevo, una posición especial: “Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero” (Ap. 21:14). Aun en el nuevo cielo y la nueva tierra los doce gozan de un lugar de privilegio peculiar, que no es asignado a ningún otro obrero de Dios.


Los apóstoles en los tiempos bíblicos
El Señor como apóstol era único, y los doce, como apóstoles, también eran singulares; pero ni el Apóstol ni los doce apóstoles podían permanecer en la tierra para siempre. Al partir nuestro Señor, El dejó a los doce para que continuaran Su obra. Ahora que los doce han partido, ¿quiénes están aquí para continuarla?
El Señor se ha ido, pero el Espíritu ha venido. El Espíritu Santo ha llegado para asumir toda la responsabilidad de la obra de Dios en la tierra. El Hijo estaba obrando para el Padre; el Espíritu está obrando para el Hijo.
El Hijo vino para realizar la voluntad del Padre; el Espíritu ha venido para realizar la voluntad del Hijo. El Hijo vino para glorificar al Padre; el Espíritu ha venido para glorificar al Hijo. El Padre nombró a Cristo para que fuera el Apóstol; el Hijo, mientras estaba en la tierra, nombró a los doce para que fueran apóstoles. Ahora el Hijo ha regresado al Padre, y el Espíritu está en la tierra designando hombres para que sean apóstoles.
Los apóstoles nombrados por el Espíritu Santo no pueden sumarse a las filas de los que fueron nombrados por el Hijo; con todo y eso, son apóstoles. Es posible ver claramente que los apóstoles mencionados en Efesios 4 no son los doce originales, porque aquéllos fueron nombrados cuando el Señor todavía estaba en la tierra, mientras que el nombramiento de éstos al apostolado data después de la ascensión del Señor; ellos eran los dones que el Señor Jesús dio a Su iglesia después de Su glorificación.
Los doce apóstoles de entonces eran los seguidores personales del Señor Jesús, pero los apóstoles de ahora son ministros para la edificación del Cuerpo de Cristo. Debemos diferenciar claramente entre los apóstoles que fueron testigos de la resurrección de Cristo (Hch. 1:22, 26), y los apóstoles que son ministros para la edificación del Cuerpo de Cristo, porque el Cuerpo de Cristo no existía antes de la cruz. Sin duda, más tarde los doce recibieron la comisión de Efesios; pero los doce, como tales, eran muy distintos de los apóstoles mencionados en Efesios. Es evidente, por tanto, que Dios tiene otros apóstoles además de los doce originales.
Inmediatamente después del derramamiento del Espíritu, vemos a los doce apóstoles continuando la obra. Hasta el capítulo doce de Hechos se les ve como los obreros principales; pero al comienzo del capitulo trece vemos al Espíritu Santo empezando a manifestarse como el Agente de Cristo y el Señor de la iglesia. En ese capítulo se nos dice que en Antioquía, cuando ciertos profetas y maestros estaban ministrando al Señor y ayunando, el Espíritu Santo dijo: “Apartadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hch. 13:2, gr.). “Ya” es el tiempo en que el Espíritu empieza a enviar hombres. En ese momento dos nuevos obreros fueron comisionados por el Espíritu Santo.
Después de que el Espíritu envió a estos dos, ¿cómo se les designaba? Cuando Bernabé y Pablo estaban trabajando en Iconio, “la gente de la ciudad estaba dividida: unos estaban con los judíos, y otros con los apóstoles” (Hch. 14:4).
Los dos que fueron enviados en el capítulo trece son llamados apóstoles en el capítulo catorce, donde la designación “los apóstoles” (v. 14) es utilizada con referencia a “Bernabé y Pablo”, lo que prueba concluyentemente que los dos hombres comisionados por el Espíritu Santo también eran apóstoles. Ellos no estaban entre los doce; con eso y todo, eran apóstoles.
Entonces, ¿quiénes son apóstoles? Los apóstoles son los obreros de Dios, enviados por el Espíritu Santo para efectuar la obra a la cual El los ha llamado. La responsabilidad de la obra está en sus manos. Hablando en términos más amplios, todos los creyentes son responsables de la obra de Dios, pero los apóstoles son un grupo de personas apartadas especialmente para la obra. En un sentido particular, la responsabilidad de la obra recae sobre ellos.
Ahora podemos ver la enseñanza de las Escrituras en cuanto a los apóstoles. Dios designó a Su Hijo para que fuera el Apóstol; Cristo designó a Sus discípulos para que fueran los doce apóstoles; y el Espíritu Santo nombró a un grupo de hombres (además de los doce) para que fueran los apóstoles edificadores del Cuerpo. El primer Apóstol es único; hay solamente uno. Los doce apóstoles también pertenecen a un grupo único en su género; no hay más que doce. Pero hay otra categoría de apóstoles, escogidos por el Espíritu Santo, y mientras prosiga la edificación de la iglesia y continúe la presencia del Espíritu Santo en la tierra, la selección y el envío de esta categoría de apóstoles continuará también.
En la Palabra de Dios encontramos a muchos otros apóstoles además de Bernabé y Pablo. Hay muchos que pertenecen a esta nueva categoría, quienes han sido escogidos y enviados por el Espíritu de Dios. En 1 Corintios 4:9 leemos: “Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros”. ¿A quiénes se refieren las palabras “nosotros los apóstoles”? El pronombre “nosotros” implica que había, por lo menos, otro apóstol además del escritor. Si estudiamos el contexto, notamos que Apolos estaba con Pablo cuando él escribió (v. 6), y además que Sóstenes fue un coescritor de la epístola. Así que parece claro que “nosotros” aquí se refiere a Apolos o a Sóstenes, o a ambos. Entonces, es lógico concluir que uno de los dos, o ambos, deben de haber sido apóstoles.


Romanos 16:7 dice: “Saludad a Andrónico y a Junias, mis parientes y mis compañeros de prisiones, los cuales son muy estimados entre los apóstoles”. La cláusula “los cuales son muy estimados entre los apóstoles” no quiere decir que fueron tenidos como notables por los apóstoles, sino más bien que entre los apóstoles ellos eran notables. Aquí tenemos no solamente otros dos apóstoles, sino otros dos apóstoles notables.
Primera Tesalonicenses 2:6 dice: “Podíamos seros carga como apóstoles de Cristo”. “Podíamos” aquí se refiere claramente a los escritores de la carta a Tesalónica, es decir, a Pablo, Silvano y Timoteo (1:1), lo que indica que los dos jóvenes colaboradores de Pablo también eran apóstoles.
Primera Corintios 15:5-7 dice: “Apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez...Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles”. Además de los doce apóstoles había un grupo conocido como “todos los apóstoles”. Es obvio, entonces, que además de los doce había otros apóstoles.
Pablo nunca afirmó ser el último apóstol y que después de él no habría otros. Leamos cuidadosamente lo que dijo: “Y al último de todos...me apareció a mí. Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol” (1 Co. 15:8-9). Notemos cómo usó Pablo las palabras “último” y “más pequeño”. El no dijo que era el último apóstol; dijo solamente que era el apóstol más pequeño. Si hubiera sido el último, no habría posibilidad de que hubiera otros posteriores a él, pero él sólo era el más pequeño.
En el libro de Apocalipsis se dice de la iglesia en Efeso: “Has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos” (2:2). Parece claro de este versículo que las iglesias primitivas esperaban tener otros apóstoles además de los doce originales, porque cuando se escribió el libro de Apocalipsis, Juan era el único sobreviviente de los doce, y para ese entonces, incluso Pablo ya había sido hecho mártir. Si habrían de ser sólo doce apóstoles, y Juan era el único que quedaba, entonces nadie hubiera sido lo suficientemente necio para tratar de hacerse pasar por apóstol, y nadie hubiera sido tan tonto como para dejarse engañar, y ¿por qué hubiera existido la necesidad de probarlos? Si Juan hubiera sido el único apóstol, ¡entonces la prueba habría sido verdaderamente sencilla! ¡Cualquiera que no fuese Juan, no era apóstol!


El significado del apostolado
Puesto que el significado de la palabra “apóstol” es “el enviado”, el significado del apostolado está bien claro, es decir, el oficio del enviado.
Los apóstoles no son primordialmente hombres que tienen dones especiales; son hombres que tienen una comisión especial. Todo aquel que es enviado por Dios es un apóstol.
Muchos de los que son llamados por Dios no son tan dotados como Pablo, pero si han recibido una comisión de parte de Dios, son en verdad tan apóstoles como lo era él. Los apóstoles fueron hombres dotados, pero su apostolado no se basaba en sus dones, sino en su comisión.
Desde luego, Dios no enviará a uno que no esté equipado, pero el equipo no constituye el apostolado. Si Dios quisiera enviar a un hombre totalmente desprovisto de equipo, ese hombre sería tan apóstol como uno completamente equipado, puesto que el apostolado no se basa en la capacidad humana sino en la comisión divina. Es inútil que alguna persona tome el oficio de apóstol sencillamente porque cree que tiene los dones o capacidad necesarios.
Se requiere más que un simple don o habilidad para constituir a los hombres apóstoles; se requiere nada menos que a Dios mismo, Su voluntad y Su llamamiento.
Ningún hombre puede alcanzar el apostolado por cualidades naturales o de otra índole; Dios tiene que hacerle apóstol si alguna vez ha de serlo. Si un hombre llega a ser de algún valor espiritual o no, y si su obra sirve a un fin espiritual o no, depende del envío de Dios. Ser “un hombre enviado por Dios” debe ser la característica principal de nuestra entrada a Su servicio y de todos nuestros movimientos subsecuentes.
Vayamos a las Escrituras. En Lucas 11:49 leemos: “Les enviaré profetas y apóstoles; y de ellos, a unos matarán y a otros perseguirán”. Desde Génesis hasta Malaquías no encontramos a ninguno que fuera explícitamente llamado apóstol; sin embargo, los hombres aquí mencionados como apóstoles vivieron en el período de tiempo entre Abel y Zacarías (v. 51). Así que, queda claro que aun en los tiempos del Antiguo Testamento Dios tuvo Sus apóstoles.
Nuestro Señor dijo: “El siervo no es mayor que su señor, ni el apóstol [griego] es mayor que el que le envió” (Jn. 13:16). Aquí tenemos una definición de la palabra “apóstol”. Implica ser enviado, eso es todo, y en eso consiste todo. Por muy buenas que sean las intenciones humanas, nunca pueden tomar el lugar de la comisión divina. Hoy en día aquellos que han sido enviados por el Señor a predicar el evangelio y a establecer iglesias se llaman a sí mismos misioneros, no apóstoles; pero la palabra “misionero” significa exactamente la misma cosa que “apóstol”, es decir, “el enviado”. Es la forma latina del equivalente griego, apóstolos. Puesto que el significado de las dos palabras es precisamente el mismo, no veo la razón por la cual los verdaderos enviados de hoy prefieren llamarse misioneros en vez de apóstoles.


Los apóstoles y el ministerio
“Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef. 4:7-13).
Hay muchos ministerios relacionados con el servicio de Dios, pero El ha escogido a varios hombres para un ministerio especial, esto es, el ministerio de la Palabra para la edificación del Cuerpo de Cristo. Puesto que ese ministerio es distinto de los otros, nos referimos a él como “el ministerio”. Este ministerio ha sido confiado a un grupo de personas de las cuales los apóstoles son los principales. No es un ministerio de un solo hombre, ni tampoco de “todos los hombres”, sino que es un ministerio basado en los dones del Espíritu Santo y en un conocimiento práctico del Señor.
Los apóstoles, profetas, evangelistas y pastores y maestros son los dones que nuestro Señor ha dado a Su iglesia para que sirvan en el ministerio. Hablando con propiedad, los pastores y maestros son un solo don, no dos, porque la enseñanza y el pastoreo están íntimamente ligados.
En la lista de dones, los apóstoles, los profetas y los evangelistas son mencionados separadamente, mientras que los pastores y maestros figuran juntos. Además, los primeros tres están precedidos por las palabras “unos” y “otros”, mientras que “otros” está anexa a pastores y maestros juntamente, así: “unos apóstoles”, “otros profetas”, “otros evangelistas”, y “otros pastores y maestros”, no “otros pastores y otros maestros”. El hecho de que las palabras “unos” y “otros” sean utilizadas solamente cuatro veces en total en esta lista indica que únicamente hay cuatro tipos de personas en cuestión. Los pastores y maestros son dos en uno.
El pastoreo y la enseñanza pueden ser considerados como un solo ministerio, porque aquellos que enseñan también tienen que pastorear, y los que pastorean también deben enseñar. Los dos tipos de trabajo están relacionados. Más aún, en el Nuevo Testamento no se encuentra en ninguna otra parte la palabra “pastor” aplicada a persona alguna, pero el vocablo “maestro” es utilizado en otras cuatro ocasiones.
En otras partes en el Nuevo Testamento encontramos referencia a un apóstol (por ejemplo, Pablo), y a un profeta (por ejemplo, Agabo), y a un evangelista (por ejemplo, Felipe), y a un maestro (por ejemplo, Manaén), pero en ninguna parte en la Palabra de Dios encontramos que se mencione a alguien como pastor. Esto confirma el hecho de que los pastores y los maestros son una sola categoría de hombres.
Los maestros son hombres que han recibido el don de enseñar. Este no es un don milagroso, sino un don de gracia, lo cual explica el hecho de su omisión en la lista de dones milagrosos en 1 Corintios 12:8-10, y su inclusión en la lista de los dones de gracia en Romanos 12.
Es un don de gracia lo que capacita a sus poseedores para entender las enseñanzas de la Palabra de Dios y para discernir los propósitos de El, y así los provee de lo necesario para instruir a Su pueblo en asuntos doctrinales. En la iglesia en Antioquía había varias personas así equipadas, incluyendo a Pablo. Es por la operación de Dios que tales hombres están “puestos en la iglesia”, y su posición está próxima a los profetas. Un maestro es un individuo que ha recibido el don de enseñanza de parte de Dios, y ha sido dado por el Señor a Su iglesia para edificación de ésta. La tarea de un maestro es interpretar para otros las verdades que le han sido reveladas, guiar al pueblo de Dios al entendimiento de la Palabra, y alentarles a buscar y recibir por sí mismos revelación divina mediante las Escrituras. Su esfera de trabajo se lleva a cabo principalmente entre los hijos de Dios, aunque a veces también enseñan a los que no son salvos (1 Ti. 4:11; 6:2; 2 Ti. 2:2; Hch. 4:2-18; 5:21, 25, 28, 42). Su obra es más de interpretación que de revelación, mientras que la obra de los profetas es más de revelación que de interpretación. Ellos procuran guiar a los creyentes al entendimiento de la verdad divina, y a los incrédulos al entendimiento del evangelio.
Los evangelistas también son un don que nuestro Señor ha dado a Su iglesia, pero no sabemos exactamente cuáles sean sus dones personales. La Palabra de Dios no habla de don evangelístico alguno, pero sí se refiere a Felipe como evangelista (Hch. 21:8), y Pablo en una ocasión alentó a Timoteo a hacer la obra de evangelista y a que cumpliera su ministerio (2 Ti. 4:5). Aparte de esos tres casos, el sustantivo “evangelista” no se encuentra en las Escrituras, aunque a menudo encontramos el verbo que se deriva de la misma raíz.
En la Palabra de Dios el lugar de los profetas está definido con mayor claridad que el de los maestros y el de los evangelistas. La profecía es mencionada entre los dones de gracia (Ro. 12:6), y entre los dones milagrosos la encontramos de nuevo (1 Co. 12:10). Dios ha puesto profetas en la iglesia universal (1 Co. 12:28), pero también ha dado profetas para el ministerio (Ef. 4:11). Existe tanto el don de profecía como el oficio de profeta.
La profecía es al mismo tiempo un don milagroso y un don de gracia. El profeta es un hombre puesto por Dios en Su iglesia para ocupar el oficio de profeta y también es un hombre dado por el Señor a Su iglesia para el ministerio.
De las cuatro clases de hombres dotados que el Señor ha concedido a Su iglesia para su edificación, los apóstoles eran muy diferentes de las otras tres. La posición especial ocupada por los apóstoles es obvia a cualquier lector del Nuevo iglesias por medio de la predicación del evangelio, para traer revelación de parte de Dios a Su pueblo, para tomar decisiones en asuntos relacionados con doctrina y gobierno, y para edificar a los santos y distribuir los donativos. Tanto espiritual como geográficamente su esfera de acción era extensa. Que su posición era superior a la de los profetas y a la de los maestros está claro según la Palabra: “A unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles” (1 Co. 12:28).
Los apóstoles pertenecen al ministerio, pero son muy distintos de los profetas, evangelistas y maestros, porque a diferencia de estos tres, sus dones no son lo que determina su oficio; es decir, ellos no son constituidos apóstoles por haber recibido un don apostólico.
Es importante notar que el apostolado es un oficio, no un don. Un oficio es lo que uno recibe como resultado de una comisión; un don es lo que uno recibe con base en la gracia. “Yo fui constituido...apóstol” (1 Ti. 2:7). “Yo fui constituido... apóstol” (2 Ti. 1:11).
Vemos aquí que los apóstoles son comisionados. El ser un apóstol no depende de haber recibido un don apostólico sino de haber recibido una comisión apostólica. Un apóstol tiene un llamamiento especial y una comisión especial. En esto se distingue de las otras tres clases de ministros, aunque haya recibido el don de profecía y sea así tanto profeta como apóstol. Su don personal le constituye profeta, pero es la comisión, no el don, lo que le constituye apóstol. Los otros ministros pertenecen al ministerio en virtud de sus dones; un apóstol pertenece al ministerio en virtud de su envío. Lo que capacita a los otros ministros es la posesión de dones; lo que capacita a un apóstol es la posesión de dones más un llamamiento y comisión especiales.
Un apóstol puede ser profeta o maestro. Si ejercita su don de profecía o de enseñanza en la iglesia local, lo hace en calidad de profeta o maestro, pero cuando ejercita sus dones en varios lugares, lo hace en calidad de apóstol. El apostolado implica el ser enviado por Dios para ejercitar los dones del ministerio en diferentes lugares.
En cuanto a su oficio, no importa el don personal que tenga el apóstol, pero sí es indispensable que sea enviado por Dios. Un apóstol puede ejercitar sus dones espirituales en cualquier lugar, pero no puede ejercitar sus dones apostólicos, porque un apóstol es tal por oficio, no por don.
Sin embargo, los apóstoles tienen dones personales para su ministerio. “Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo. Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hch. 13:1-2). Estos cinco hombres tenían los dones de profecía y de enseñanza, un don milagroso y uno de gracia.
De esa compañía de cinco, dos fueron enviados por el Espíritu a otras partes, y quedaron tres en Antioquía.
Como ya hemos visto, de ahí en adelante los dos enviados fueron llamados apóstoles. Ellos no recibieron ningún don apostólico, sino que recibieron una comisión apostólica. Sus dones era lo que les capacitaba para ser profetas y maestros, pero su comisión era lo que les capacitaba para ser apóstoles. Los tres que permanecieron en Antioquía todavía eran profetas y maestros, mas no apóstoles, sencillamente porque no habían sido enviados por el Espíritu. Los dos fueron hechos apóstoles, no porque hubieran recibido algún don además del don de profecía y enseñanza, sino porque habían recibido un oficio adicional como resultado de su comisión. Los dones de los cinco eran iguales, pero dos de ellos recibieron una comisión divina además de sus dones, y eso les capacitó para el ministerio apostólico.
Entonces, ¿por qué dice la Palabra de Dios: “El mismo constituyó a unos apóstoles”? La cuestión aquí no es que el apostolado sea un don proporcionado a un apóstol, sino que es un don concedido a la iglesia; no es un don espiritual dado a un hombre, sino un hombre dotado dado a la iglesia. Efesios 4:11 no dice que el Señor dio un don apostólico a persona alguna, sino que dio hombres como apóstoles a Su iglesia. Los hombres han recibido dones de parte del Espíritu que les han capacitado para ser profetas y maestros, pero ningún hombre ha recibido jamás un don espiritual que le haya capacitado para ser apóstol. Los apóstoles son una categoría de personas que nuestro Señor ha dado como un don a Su iglesia para edificación de ésta.
Los dones a que se refiere este pasaje no son los dones dados a los hombres personalmente, sino aquellos dados por el Señor a Su iglesia. Los dones mencionados aquí son los obreros dotados, los cuales el Señor de la iglesia confiere a Su iglesia para la edificación de ella. La Cabeza da a la iglesia, la cual es Su Cuerpo, determinados hombres para servir al Cuerpo y edificarlo. Debemos distinguir entre los dones dados por el Espíritu a los individuos y aquéllos otorgados por el Señor a Su iglesia. Los primeros son dados a los creyentes individualmente, los postreros son dados a los creyentes corporativamente. Los primeros son cosas y los postreros son personas. Los dones dados por el Espíritu a los individuos son su equipo para servir al Señor al profetizar, enseñar, hablar en lenguas y sanar a los enfermos; los dones dados por el Señor a Su iglesia como Cuerpo, son las personas que poseen los dones del Espíritu.
“Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas” (1 Co. 12:8-10). Este pasaje nos proporciona una lista de todos los dones que el Espíritu Santo dió a los hombres, pero no incluye don apostólico alguno. “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas” (1 Co. 12:28).
El primer pasaje enumera los dones dados a los individuos; el segundo enumera los dones dados a la iglesia. En el primero no hay mención de ningún don apostólico; en el segundo encontramos que los apóstoles encabezan la lista de los dones que Dios ha dado a la iglesia.
No es que Dios haya dado a Su iglesia el don del apostolado, sino que El le ha dado a ella hombres que son apóstoles; y El no le ha dado los dones de profecía y de enseñanza a Su iglesia, sino que El le ha dado a ella algunos hombres como profetas y algunos como maestros. Dios ha puesto diferentes clases de obreros en Su iglesia para su edificación, y una de éstas es los apóstoles. Ellos no representan cierta clase de don; representan cierta clase de personas.
La diferencia entre los apóstoles y los profetas y maestros es que los últimos dos representan dones dados por el Espíritu a individuos, y al mismo tiempo, dones dados por el Señor a Su iglesia; mientras que los apóstoles son hombres dados por el Señor a Su iglesia, pero no representan ningún don especial o personal del Espíritu.
“Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros” (1 Co. 12:28). ¿Qué iglesia es ésta? Es la que comprende a todos los hijos de Dios; por lo tanto, es la iglesia universal.
En esta iglesia Dios ha puesto “primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros”. En 1 Corintios 14:23 leemos que “toda la iglesia se reúne en un solo lugar”. ¿Qué iglesia es ésta? Obviamente, es la iglesia local, porque la iglesia universal no puede reunirse en una sola localidad.
Es en esta iglesia local donde los hermanos ejercitaban sus dones espirituales. Uno tenía salmo, otro doctrina, otro revelación, otro lengua, y otro interpretación (14:26), pero el más importante de todos éstos era el don de profecía (14:1).
En el capítulo doce los apóstoles tenían primacía sobre los otros ministros, pero en el capítulo catorce son los profetas los que tienen primacía. En la iglesia universal los apóstoles son los primeros, pero en la iglesia local los profetas son los primeros. ¿Cómo es que los profetas tienen el primer lugar en la iglesia local, ya que en la iglesia universal ocupan solamente el segundo? Se debe a que en la iglesia universal la cuestión no es de dones del Espíritu dados a personas, sino de ministros que Dios ha dado como dones a la iglesia, y de éstos, los apóstoles tienen el primer lugar; pero en la iglesia local la cuestión es de dones personales del Espíritu, y de éstos, la profecía es principal, porque es el más importante. Recordemos que el apostolado no es un don personal.


La esfera de su obra
La esfera de la obra de un apóstol es muy distinta a la de las otras tres clases de especiales. Que los profetas y los maestros ejercitan sus dones en la iglesia local se desprende de la declaración: “Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros”.
Uno puede encontrar profetas y maestros en la iglesia local, pero no apóstoles, porque ellos han sido llamados a ministrar en diversos lugares, mientras que el ministerio de los profetas y los maestros está circunscrito a una localidad (1 Co. 14:26, 29).
En cuanto a los evangelistas, no conocemos su esfera especial, puesto que se habla muy poco de ellos en la Palabra de Dios, pero la historia de Felipe, el evangelista, arroja alguna luz sobre esta clase de ministros.
Felipe dejó su propia localidad y predicó en Samaria, pero aunque allí hizo un buen trabajo, el Espíritu no cayó sobre ninguno de sus conversos. No fue sino hasta que los apóstoles llegaron de Jerusalén y les impusieron las manos que el Espíritu fue derramado.
Esto parece indicar que la predicación local del evangelio es la obra de un evangelista, pero la predicación universal del evangelio es tarea de un apóstol. Esto no significa que el trabajo de un evangelista necesariamente esté restringido a un lugar, pero sí quiere decir que ésa es su esfera normal. De la misma manera, el profeta Agabo profetizó en otro lugar, pero su esfera especial de trabajo era su propia localidad.


La evidencia del apostolado
¿Hay algún indicio de que uno realmente está comisionado por Dios para ser apóstol?
En 1 Corintios 9:1-2, Pablo trata con nuestra pregunta al escribir a los santos en Corinto, y en su argumento es obvio que el apostolado tiene sus credenciales. “El sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor”, escribe, como si dijera: “Si Dios no me hubiera enviado a Corinto, entonces vosotros no seríais salvos hoy, y no habría iglesia en vuestra ciudad”. Si Dios ha llamado a un hombre para que sea apóstol, esto será manifiesto en el fruto de sus labores. En dondequiera que se encuentre la comisión de Dios, allí está la autoridad de Dios; en dondequiera que se encuentre la autoridad de Dios, allí está el poder de Dios, y en dondequiera que se encuentre el poder de Dios, allí se encuentran frutos espirituales.
El fruto de nuestras labores prueba la validez de nuestra comisión. Y, sin embargo, debe notarse que el pensamiento de Pablo no es que el apostolado implique numerosos conversos, sino que representa valores espirituales para el Señor, porque El nunca podría enviar a alguien con un propósito menor. El Señor busca valores espirituales, y el objeto del apostolado es obtenerlos. En este caso los corintios representan estos valores. Pero, acaso no ha dicho Pablo aquí: “¿No he visto a Jesús nuestro Señor?” Entonces, ¿solamente aquellos que han visto al Señor Jesús en Sus manifestaciones de resurrección son los que están capacitados para ser apóstoles? Sigamos cuidadosamente la trama del argumento de Pablo. En el versículo 1 hace cuatro preguntas: (1) “¿No soy libre?” (2) “¿No soy apóstol?” (3) “¿No he visto a Jesús nuestro Señor?” (4) “¿No sois vosotros mi obra en el Señor?” Se suponía una respuesta afirmativa a las cuatro preguntas, porque el caso de Pablo exigía tal respuesta. Nótese que Pablo, al continuar su argumento en el segundo versículo, abandona dos de sus preguntas, y sigue con las otras dos. El abandona la primera y la tercera, y toma la segunda y la cuarta, juntándolas. Con el fin de continuar su argumento, deja a un lado “¿No soy libre?” y “¿No he visto a Jesús nuestro Señor?”, y contesta a las preguntas “¿No soy yo un apóstol?” y “¿No sois vosotros mi obra en el Señor?” Ciertamente, Pablo estaba tratando de demostrar la autenticidad de su comisión por la bendición que había acompañado sus labores, no por haber sido libre ni por haber visto al Señor.
De las cuatro preguntas formuladas por Pablo, tres se refieren a su persona y una a su obra. Estas tres están en el mismo plano, y son completamente independientes la una de la otra. Pablo no estaba argumentando que porque él era libre y porque él era apóstol, por eso había visto al Señor. Ni estaba razonando que por causa de ser apóstol y porque había visto al Señor, por eso era libre. Tampoco estaba tratando de demostrar que porque era libre y había visto al Señor, por eso era apóstol. Los hechos son que era libre, era apóstol, y había visto al Señor. Estos hechos no tienen una conexión esencial el uno con el otro, y es absurdo relacionarlos. Sería igualmente razonable argüir que el apostolado de Pablo estribaba en su libertad como argüir que estaba fundado en el hecho de haber visto al Señor. Si no buscaba probar su apostolado por el hecho de que era libre, tampoco intentaba probarlo por haber visto al Señor. El apostolado no está basado en el hecho de haber visto al Señor en Sus manifestaciones de resurrección.
Entonces, ¿cuál es el significado de 1 Corintios 15:5-9? “Apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez...Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos...me apareció a mí”. El objeto de este pasaje no es el de producir evidencia del apostolado, sino evidencia de la resurrección del Señor. Pablo está enumerando las diferentes personas a quienes se apareció el Señor; no está enseñando qué efecto causó Su aparición entre estas personas. Cefas y Jacobo vieron al Señor, pero ellos eran Cefas y Jacobo después de que vieron al Señor, así como eran Cefas y Jacobo antes; ellos no se convirtieron en Cefas y Jacobo por haberle visto. Lo mismo se aplica a los doce apóstoles y a los quinientos hermanos. El ver al Señor no los constituyó apóstoles. Ellos eran doce apóstoles antes de ver al Señor, y eran doce apóstoles después de haber visto al Señor. El mismo argumento se aplica en el caso de Pablo. Los hechos eran que él había visto al Señor, y que era el más pequeño de los apóstoles; pero no fue el hecho de haber visto al Señor lo que le constituyó en el más pequeño de los apóstoles. Los quinientos hermanos no eran apóstoles antes de ver al Señor, ni lo fueron después. Haber visto al Señor en Sus manifestaciones de resurrección no los constituyó apóstoles. Simplemente eran hermanos antes, y sencillamente eran hermanos después. En ninguna parte enseña la Palabra de Dios que ver al Señor es el requisito para el apostolado.
Sin embargo, el apostolado tiene sus credenciales. En 2 Corintios 12:11-12, Pablo escribe: “En nada he sido menos que aquellos grandes apóstoles...Con todo, las señales de apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros”. Había abundante evidencia de la autenticidad de la comisión apostólica de Pablo; además las señales de un apóstol nunca faltarán donde hay realmente un llamamiento apostólico. Del pasaje citado arriba inferimos que la evidencia del apostolado está en un poder dual: espiritual y milagroso. La paciencia es la prueba más grande del poder espiritual, y es una de las señales de un apóstol.
Es la habilidad de resistir resueltamente bajo una presión continua lo que prueba la realidad de un llamamiento apostólico. Un verdadero apóstol necesita ser “fortalecido con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad; con gozo” (Col. 1:11-12). Sí, se necesita nada menos que “toda fortaleza, conforme a la potencia de su gloria” para producir “toda paciencia y longanimidad; con gozo.” Pero la veracidad del apostolado de Pablo quedaba no solamente atestiguada por su inmutable paciencia bajo una presión intensa y prolongada, sino que también se evidenciaba por el poder milagroso que él poseía. El poder milagroso para cambiar las situaciones en el mundo físico es una manifestación necesaria de nuestro conocimiento de Dios en la esfera espiritual, y esto se aplica, no a tierras paganas únicamente, sino a todas las regiones. Declarar ser enviados del Dios omnipotente, y sin embargo, estar impotentes ante situaciones que desafían Su poder, es una triste contradicción. No todos los que pueden obrar milagros son apóstoles, porque los dones de sanidad y de operación de milagros son dados a miembros del Cuerpo (1 Co. 12:28) que no tienen comisión especial, pero poder milagroso lo mismo que poder espiritual es parte del equipo de todos los que tienen una verdadera comisión apostólica.


Mujeres apóstoles
¿Tienen las mujeres algún lugar en las filas de los apóstoles? Las Escrituras indican que sí lo tienen. No había mujeres entre los Doce enviados por el Señor, pero una mujer es mencionada entre el número de los apóstoles enviados por el Espíritu después de la ascensión del Señor.
Romanos 16:7 habla de dos apóstoles notables, Andrónico y Junias, y autoridades fidedignas concuerdan en que “Junias” es el nombre de una mujer. Así que aquí tenemos a una hermana que es apóstol y como si fuera poco, una apóstol notable.
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"Despiértate, tú que duermes: Últimos tiempos" es un Blog alternativo de: "Apocalipsis, los últimos tiempos"
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Oración de fe

¡Cuidate!
¡Dios te bendiga, el Señor viene pronto!

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Entre los obreros

Apocalipsis, los últimos tiempos. ¿Es usted salvo de la ira venidera?

Entre los obreros

La presente entrada es un tanto extensa, lo reconocemos; pero creemos que el tema es más que importante ya que trata de eclesiología con fuertes fundamentos bíblicos.
Es la transcripción de un capítulo del libro "La iglesia cristiana normal" de Watchman Nee. El autor dice en el libro que el mismo iba a traer polémica y es justamente por este motivo que recurría a fundamentos bíblicos que para algunos parecerán excesivos.
Hoy en día se está haciendo reverencia a ciertos iluminados dentro de la denominada "iglesia protestante" así como también se hace este tipo de gesto a la Organización romanista del Vaticano. Lejos está del autor del libro como de quienes adherimos a esta posición el basarnos en organismos, en iluminados o en meros métodos que dejan afuera la guía de Dios por su Espíritu Santo.
Desde este blog siempre propondremos que nuestra fe esté puesta solamente en Jesucristo de Nazaret y por medio de Su palabra: La Biblia.
Desechamos a todos aquellos que se quieran levantar como exclusivos intérpretes de la Palabra de Dios sean de estos supuestos iluminados o del romanismo vaticanista.
Creemos en la libre interpretación de la Biblia y en aquello que dijo Jesucristo:
"El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si hablo por mi propia cuenta". Juan 7: 17
"El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá..." la promesa del que nunca mintió ni mentirá está dada, ahora bien ¿Queremos nosotros hacer la voluntad de Dios? Porque esa es la condición imprescindible para conocerla.

¡Cuidate!
¡Dios te bendiga!

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Entre los obreros

Las iglesias en las Escrituras son intensamente locales. Nunca encontramos allí ninguna federación de iglesias; todas son unidades independientes. Es otro el caso en relación con los obreros. Entre ellos encontramos una cierta medida de asociación; vemos un grupo pequeño aquí, y allá otro, enlazados para la obra. Pablo y los que estaban con él —por ejemplo, Lucas, Silas, Timoteo, Tito y Apolos— formaban un grupo. Pedro, Jacobo, Juan y aquellos que estaban con ellos, formaban otro. Un grupo salió de Antioquía, otro de Jerusalén. Pablo hace referencia a los que estaban con él (Hch. 20:34), lo cual indica que, aunque cuando los obreros no habían sido organizados en diferentes misiones, aún así, tenían a sus propios asociados especiales en la obra. Aun al principio, cuando nuestro Señor escogió a los doce, El los envió de dos en dos. Todos eran colaboradores, pero cada uno tenía su colaborador especial. Tal agrupamiento de obreros fue ordenado y mandado por el Señor.

Estos grupos apostólicos no fueron formados sobre corrientes partidarias o doctrinales; fueron formados bajo la soberanía del Espíritu, quien ordenó las circunstancias de los diferentes obreros en cierta manera para que ellos se enlazaran en la obra. El caso no era que ellos estaban divididos, de hecho, de los otros obreros, sino que simplemente en el ordenamiento de sus caminos por el Espíritu, ellos no habían sido guiados a tener una asociación especial con los demás. Fue el Espíritu Santo, no los hombres, quien dijo: “Apartadme a Bernabé y a Saulo”. Todo dependía de la soberanía del Espíritu. Los grupos apostólicos estaban sujetos a la voluntad y al ordenamiento del Señor. Como hemos visto, los doce fueron divididos de dos en dos, pero no se dejó a su discreción personal el escoger a sus compañeros; fue el Señor quien los juntó y los envió. Cada uno tenía un colaborador especial, pero ese colaborador era señalado por el Señor, no escogido por ellos. No era debido a afinidad natural que ellos se asociaban específicamente con algunos, ni era debido a diferencia en doctrina o en práctica que ellos no se asociaban específicamente con otros. El factor decisivo era siempre lo que el Señor dispusiera.

Reconocemos que el Señor es la Cabeza de la iglesia, y que los apóstoles fueron la primera orden puesta por el Señor en la iglesia (1 Co. 12:28). Aunque ellos fueron asociados en grupos, teniendo a sus colaboradores específicos nombrados por el Señor, con todo, no tenían ningún nombre, sistema ni organización especial. Ellos no hicieron que un grupo más pequeño que el Cuerpo fuera la base de su obra: todo se basaba en el principio del Cuerpo. Por tanto, aun cuando por causa de la diferencia de localidad y de la disposición providencial de sus caminos ellos formaban diferentes grupos, aún así, no tenían organización alguna fuera del Cuerpo; su obra siempre era una expresión del ministerio del Cuerpo. Estaban constituidos en grupos separados, pero cada grupo tomaba como base el Cuerpo, expresando el ministerio del Cuerpo.

El Señor es la Cabeza del Cuerpo y no la Cabeza de una organización; por tanto, siempre que trabajemos para una sociedad, una misión, o una institución, y no sólo para el Cuerpo, perdemos la dirección del Señor como nuestra Cabeza. Tenemos que ver claramente que la obra es la obra del Cuerpo de Cristo y que, aunque el Señor dividió Sus obreros en diferentes grupos (no diferentes organizaciones), la obra de ellos se basaba siempre en el Cuerpo. Además, debemos reconocer que cada obrero individual y cada grupo representa al ministerio del Cuerpo de Cristo, ya que cada oficio que se tenga, se tiene en el Cuerpo y es para el avance de la obra de Dios. Entonces, y sólo entonces, podremos tener un solo ministerio: la edificación del Cuerpo de Cristo. Si reconociéramos claramente la unidad del Cuerpo, ¡qué resultados benditos veríamos! Dondequiera que el principio de la unidad del Cuerpo opere, toda posibilidad de rivalidad queda eliminada. No importa si yo menguo y usted crece; no habrá celos de parte mía, ni orgullo de parte suya. Una vez que veamos que toda la obra y todos sus frutos son para el crecimiento del Cuerpo de Cristo, entonces ningún hombre será contado como suyo y ningún hombre como mío; no importará entonces si es usado usted o yo. Toda contienda carnal entre los obreros de Dios terminará una vez que se vea claramente el Cuerpo como principio de la obra. Pero para vivir y obrar en el Cuerpo se requieren tratos drásticos con la carne, y esto a su vez exige un conocimiento profundo de la cruz de Cristo.

Los apóstoles primitivos nunca trabajaban independientemente; ellos laboraban juntos. En la narración del día de Pentecostés leemos: “Pedro, poniéndose en pie con los once” (Hch. 2:14). Junto a la Puerta que se llamaba la Hermosa vemos a Pedro y a Juan llevando a cabo la obra juntos, y de nuevo ellos fueron los dos que visitaron Samaria. Cuando Pedro fue a la casa de Cornelio, otros seis hermanos lo acompañaron. Cuando los apóstoles salían, siempre lo hacían en grupos, o por lo menos de dos en dos, nunca solos. Su obra no era individual, sino corporativa. En cuanto a los que estaban con Pablo en Antioquía y en otros lugares, es desafortunado que tanto énfasis se le haya dado a Pablo como individuo, con el resultado de que sus colaboradores pasan casi desapercibidos. Vemos que en Troas, Lucas se unió a su compañía, y era de un mismo sentir con Pablo, al considerar que se debería responder al llamado de auxilio de Macedonia. Luego, cuando regresaron de Macedonia, trajeron con ellos como colaboradores a Sópater, Aristarco, Segundo, Gayo, Timoteo, Tíquico y Trófimo. Después encontramos que se les unen Apolos, Priscila y Aquila. Aún más tarde encontramos a Pablo enviando a Timoteo a Corinto y alentando a Apolos y a Tito que fueran allá, y un poco tiempo después vemos que Epafrodito se les une como colaborador. Y da gusto leer al principio de las epístolas de Pablo palabras como éstas: “Pablo...y el hermano Sóstenes”, “Pablo...y el hermano Timoteo”, “Pablo, Silvano y Timoteo”.

Así que, por una parte no vemos en las Escrituras rastro alguno de misiones organizadas, ni, por otra, vemos a obrero alguno saliendo conforme a una corriente individual, cada quien siendo una ley a sí mismo. Están formados en grupos, pero tales grupos tienen una base espiritual, no se basan en organización. Las Escrituras no dan ninguna autorización para una misión organizada, tampoco autorizan el trabajo independiente; lo uno está tan lejos del pensamiento de Dios como lo otro. Por lo tanto, aunque debemos guardarnos de las trampas de las organizaciones hechas por el hombre, también nos debemos guardar contra el peligro de ser demasiado individualistas. No debemos organizarnos para ser una misión y así llegar a ser cismáticos; al mismo tiempo debemos tener asociados en la obra, con los cuales podemos cooperar sobre una base espiritual, y así mantener el testimonio del Cuerpo.

Necesitamos enfatizar este hecho, que los apóstoles laboraban en asociación con otros, pero sus compañías no estaban organizadas. Su relación unos con otros era solamente espiritual. Amaban y servían al mismo Señor, tenían un llamamiento y una comisión y eran de una mente. El Señor los unía; por tanto, ellos eran colaboradores. Algunos estuvieron juntos desde el principio, otros ingresaron en fecha posterior. Ellos eran una sola compañía, y sin embargo, no tenían organización, y no había distribución de oficios ni posiciones. Aquellos que se les unían no venían en respuesta a algún anuncio de “Se necesita personal”, tampoco venían porque hubieran estado equipados por un curso especial de entrenamiento. En sus viajes, el Señor ordenó las circunstancias en tal forma que se encontraran. El los acercó unos a otros, y siendo de una mente y un espíritu, unidos por el Señor, ellos espontáneamente se hicieron colaboradores. Para unirse a tal compañía no había necesidad de aprobar un examen primero, ni de cumplir algunas condiciones especiales, ni de pasar por ciertos ritos o formas. El Señor fue quien determinó todo. El ordenó, el hombre sólo consintió. En tales grupos ninguno tenía posición ni cargo especial; no había director ni presidente ni superintendente. Cualquier ministerio que el Señor les hubiera dado constituía su oficio. Ellos no recibían nombramiento alguno de la asociación. La relación que existía entre sus miembros era puramente espiritual, no oficial. Fueron constituidos colaboradores, no por una organización humana, sino por un vínculo espiritual.

AUTORIDAD ESPIRITUAL

Antes de considerar la cuestión de la autoridad espiritual, leamos unos cuantos pasajes de las Escrituras que hablan de la relación entre los obreros, puesto que arrojan bastante luz sobre nuestro tema. “Timoteo...Quiso Pablo que éste fuese con él” (Hch. 16:1-3) “Cuando vió [Pablo] la visión, en seguida procuramos partir para Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio” (Hch. 16:10). “Y los que se habían encargado de conducir a Pablo, le llevaron a Atenas; y habiendo recibido orden para Silas y Timoteo, de que viniesen a él lo más pronto que pudiesen, salieron” (Hch. 17:15). “[Pablo] tomó la decisión de volver por Macedonia. Y le acompañaron” (Hch. 20:3-4). “Nosotros, adelantándonos a embarcarnos, navegamos a Asón para recoger allí a Pablo, ya que así lo había determinado” (Hch. 20:13). “Y si llega Timoteo, mirad que esté con vosotros con tranquilidad...encaminadle en paz, para que venga a mí...Acerca del hermano Apolos, mucho le rogué que fuese a vosotros” (1 Co. 16:10-12). “Exhortamos a Tito” (2 Co. 8:6). “Tito...recibió la exhortación...Y enviamos juntamente con él al hermano” (2 Co. 8:16-18). “Enviamos también con ellos a nuestro hermano” (2 Co. 8:22). “Tíquico, hermano amado...el cual envié a vosotros” (Ef. 6:21-22). “Mas tuve por necesario enviaros a Epáfrodito” (Fil. 2:25). “Todo lo que a mí se refiere, os lo hará saber Tíquico” (Col. 4:7). “Os saluda Lucas el médico amado, y Demas” (Col. 4:14). “Decid a Arquipo: Mira que cumplas el ministerio” (Col. 4:17). “Acordamos...y enviamos a Timoteo” (1 Ts. 3:1-2). “Procura venir pronto a verme...Toma a Marcos, y tráele contigo...A Tíquico lo envié a Efeso” (2 Ti. 4:9-12). “A Trófimo dejé en Mileto enfermo. Procura venir antes del invierno” (2 Ti. 4:20-21). “Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieses lo deficiente, y establecieses ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé” (Tit. 1:5). “Cuando envíe a ti a Artemas o a Tíquico, apresúrate a venir a mí en Nicópolis, porque allí he determinado pasar el invierno. A Zenas intérprete de la ley, y a Apolos, encamínales con solicitud, de modo que nada les falte” (Tit. 3:12-13).

Los pasajes de la Escritura citados arriba nos muestran que, entre los obreros de Dios, nuestra dependencia de El no nos hace independientes unos de otros. Vimos que Pablo dejó a Tito en Creta para que terminara la obra que él mismo había dejado inconclusa, y que después él envió a Artemas y a Tíquico para que reemplazaran a Tito cuando le dio instrucciones a éste para que fuera a Nicópolis. En varias ocasiones él nombró a Timoteo y a Tíquico para que hicieran un trabajo determinado, y leemos que él persuadió a Tito y a Apolos a que permanecieran en Corinto. Observamos que estos obreros no solamente aprendieron a trabajar por equipos, sino que los que tuvieran menos experiencia aprendieron a someterse a la dirección de los más espirituales. Los obreros de Dios deben aprender a ser dejados, enviados, y persuadidos.

Es importante reconocer la diferencia entre autoridad oficial y espiritual. En una organización toda autoridad es oficial, no espiritual. En una buena organización aquel que tiene un puesto tiene autoridad tanto oficial como espiritual; en una mala organización la autoridad que se ejerce es solamente oficial. Pero en cualquier organización, ya sea que aquel que tiene un cargo tenga o no autoridad espiritual, la autoridad que tiene en la organización realmente es sólo oficial. ¿Cuál es el significado de la autoridad oficial? Significa que una persona ejerce autoridad basada en que ocupa un oficio. Se ejerce la autoridad sólo debido al oficio que él ocupa. Entretanto que el funcionario mantiene su puesto, puede ejercitar su autoridad; en cuanto renuncie a su posición cesa su autoridad. Tal autoridad es completamente objetiva; no es inherente al hombre en sí. Está relacionada, no con la persona, sino simplemente con su posición. Si él tiene el puesto de superintendente, se sobreentiende que él supervisa asuntos, sin importar si está capacitado espiritualmente para hacerlo o no. Si él tiene el puesto de director, entonces automáticamente dirige, aun si la falta de espiritualidad, de hecho, lo descalificara de ejercer control sobre otras vidas. La vida de una organización es posición; es la posición la que determina la autoridad.

Pero en un grupo de obreros constituido divinamente, no hay organización alguna. Se ejerce autoridad entre ellos, pero dicha autoridad es espiritual, no oficial. Es una autoridad basada en espiritualidad, una autoridad que resulta de un conocimiento profundo del Señor, y de una comunión íntima con El. La vida espiritual es la fuente de tal autoridad. La razón por la cual Pablo podía dirigir a otros no era su posición superior sino su mayor espiritualidad. Si hubiera perdido su espiritualidad, hubiera perdido su autoridad. En una organización aquellos que son espirituales no necesariamente tienen algún puesto, y aquellos que tienen algún puesto no necesariamente son espirituales; pero en las Escrituras es diferente. Allí, son los que conocen al Señor quienes dirigen los asuntos. Aquellos que son espirituales son los que dirigen a otros, y si esos otros son espirituales, reconocerán la autoridad espiritual y se someterán a ella. En una organización los trabajadores están obligados a obedecer, pero en una asociación espiritual no, y desde un punto de vista oficial, de nada se les puede tachar si no obedecen. En una asociación espiritual no hay coerción; la dirección y la sumisión igualmente están sobre la base de espiritualidad.

Aparte de la cuestión de autoridad espiritual también existe la cuestión de los diferentes ministerios. Todos los siervos del Señor están en el ministerio, y cada uno tiene su propio ministerio especial. En una organización los puestos son repartidos por el hombre, pero en la obra espiritual los ministerios son designados por el Señor. Debido a la diferencia en ministerio, por un lado debemos obedecer al Señor, y por otro, debemos obedecer a los hermanos. Dicha obediencia no se basa en su posición superior, sino en que su ministerio difiere del nuestro, sin embargo, ambos están íntimamente ligados. Si la cabeza está moviendo las puntas de mis dedos, los músculos de mis brazos no pueden tomar una actitud independiente y rehusar moverse con ellos. El principio de estar en un Cuerpo necesita que los miembros íntimamente relacionados se muevan uno con otro. Al movernos con los otros miembros no estamos en realidad obedeciéndoles; estamos obedeciendo a la Cabeza. En muchos casos podemos reclamar una conducción directa de la Cabeza, pero en otras tantas cosas, la Cabeza mueve a otros, y nosotros simplemente nos movemos con ellos. Su movimiento es razón suficiente para seguirlos. Es muy importante reconocer esta interrelación de los varios ministerios en el Cuerpo de Cristo. Tenemos que conocer nuestro ministerio y reconocer el ministerio de los demás, para que nos podamos mover como uno, obedeciendo a aquellos que tienen un ministerio mayor. Puesto que nuestro ministerio está entrelazado en tal manera, no nos atrevemos a tomar una actitud individual o independiente.

Todas las posiciones ocupadas por los ministros de Dios son espirituales, no oficiales. ¡Ay! Los hombres han visto sólo la mitad de la verdad, así que tratan de organizar la obra y designan a un director para supervisar el servicio de otros, pero su dirección se basa en su posición en la organización, no en su posición en el ministerio. Pablo podía dirigir a otros por causa de que el ministerio encomendado a él por el Señor lo colocaba en un lugar de autoridad sobre ellos; y a su vez Tito, Timoteo y Tíquico podían someterse a ser dirigidos, por razón de que el ministerio encomendado a ellos por el Señor los ponía en una posición bajo la autoridad de Pablo. Por desgracia, la dirección de hoy no se basa en profundidad de espiritualidad ni en grandeza de ministerio.

Timoteo era un hombre de Dios. El vivía cerca al Señor, obedeciéndole y sirviéndole fielmente; sin embargo, muchas veces él fue enviado aquí y allá por Pablo. El no replicó: ¿Cree usted que no soy capaz de trabajar por mí mismo? ¿Cree usted que no sé cómo predicar el evangelio y cómo establecer iglesias? ¿Cree usted que no sé cómo hacer las cosas? Aunque Timoteo sabía mucho, estaba dispuesto a obedecer a Pablo. En la obra espiritual hay tal cosa como ser dirigido por otros; existe la posición de un Pablo y también la posición de un Timoteo, pero éstas son posiciones espirituales, no oficiales.

Hoy debemos aprender, por una parte, a mantener una relación correcta con nuestros colaboradores y, por otra, a ser guiados por el Espíritu Santo. Debemos mantener ambas relaciones, y también mantener el equilibrio entre ambas. En la primera y segunda epístolas a Timoteo, hay muchos pasajes que muestran cómo deben cooperar los colaboradores y cómo debe someterse un obrero más joven a uno mayor. Un Timoteo joven debe obedecer los mandatos del Espíritu Santo, pero también debe recibir las instrucciones de un Pablo maduro. Timoteo fue enviado por Pablo, Timoteo fue dejado por Pablo en Efeso, y Timoteo obedeció a Pablo en el Señor. He aquí un ejemplo para los siervos jóvenes de Dios. Es de suma importancia en Su obra aprender cómo ser dirigidos por el Espíritu y, al mismo tiempo, cómo cooperar con nuestros colaboradores. La responsabilidad no debe caer totalmente sobre Timoteo, y tampoco debe recaer exclusivamente sobre Pablo. En la obra Timoteo debe aprender a adaptarse a Pablo, y Pablo también debe aprender a adaptarse a Timoteo. No sólo el más joven debe aprender a someterse a la instrucción del mayor, sino que el mayor debe aprender cómo instruir al más joven. El que está en una posición para dejar algunos en alguna parte, o enviarlos o persuadirlos, tiene que aprender a no seguir los dictámenes de su propia naturaleza, obrando conforme a su inclinación o deseo personal, porque en ese caso dificultaría las cosas para aquellos bajo su autoridad. Pablo tiene que dirigir a Timoteo en tal manera que a éste no se le haga difícil obedecer tanto al Espíritu Santo como al apóstol.

Los siervos de Dios deben laborar juntamente en grupos, pero hay una clase de colaboración que se debe evitar, a saber, la colaboración en una organización hecha por hombres, que restringe a sus miembros en tal forma que ellos realmente no puedan responder a la dirección del Espíritu. Cuando los obreros están enteramente sujetos a la dirección de los hombres, entonces su trabajo no es el resultado de una carga espiritual puesta sobre ellos por Dios, sino simplemente la ejecución de una labor en respuesta a los dictados de los que tienen puestos más elevados que ellos. El problema actual es que los hombres están tomando el lugar del Espíritu Santo, y la voluntad de los hombres en puestos oficiales está tomando el lugar de la voluntad de Dios. Los obreros no tienen conocimiento directo de la voluntad divina, sino que simplemente hacen la voluntad de aquellos en autoridad sobre ellos, sin tomar ninguna carga personal de parte del Señor por Su obra.

Hay otros que a su vez conocen la mente de Dios, tienen un llamamiento de El, y dependen totalmente de El para que les provea en todas sus necesidades; pero aunque ellos saben qué es ser guiados por El individualmente, ellos piensan que pueden seguir su propio camino y hacer su propia obra independientemente de otros.

La enseñanza de la Palabra de Dios es que, por una parte, las organizaciones humanas no deben controlar a los siervos de Dios; por otra parte, Sus siervos deben aprender a someterse a una autoridad espiritual que esté basada en la diferencia de ministerio. No hay cooperación organizada; sin embargo, hay una comunión espiritual y una unidad espiritual. Tanto el individualismo como la organización humana están ambos fuera de armonía con la voluntad de Dios. Debemos procurar conocer Su voluntad, no independientemente, sino juntamente con los otros miembros ministrantes del Cuerpo. El llamamiento de Pablo y Bernabé se basó en este principio. No fue sólo un caso de dos profetas y maestros, sino de cinco, que esperaban en Dios para conocer Su voluntad. Hechos 13 nos da un buen ejemplo de una compañía que laboraba, en la cual todos los obreros estaban mutuamente relacionados y la dirección de uno era confirmada por los otros.

LA ESFERA DE LA OBRA

La esfera de la obra, a diferencia de la esfera de la iglesia local, es muy amplia. Algunos de los obreros son enviados a Efeso, otros van a Pablo en Nicópolis, otros continúan en Corinto, otros son dejados en Mileto, otros permanecen en Creta, algunos regresan a Tesalónica, y otros prosiguen a Galacia. ¡Así es la obra! Vemos aquí no los movimientos de la iglesia local, sino de la obra, porque los movimientos de la iglesia local siempre están limitados a una localidad. Efeso solamente dirige los asuntos de Efeso, y Roma los asuntos de Roma. La iglesia se limita a asuntos en su propia localidad. No hay necesidad de que la iglesia en Efeso mande un hombre a Corinto ni de que la iglesia en Corinto deje un hombre en Roma. La iglesia de que se habla aquí es local, la obra extra-local. Efeso, Corinto y Roma, son todas la preocupación de los obreros. La iglesia sólo maneja los asuntos en una localidad determinada, pero los obreros de Dios consideran como su “parroquia” la esfera que el Señor les ha delimitado.

NINGUN CONTROL CENTRALIZADO, SINO COMUNION

En la Escritura los obreros fueron formados en grupos, pero eso no implica que todos los apóstoles se hayan agrupado en una asociación y que hayan puesto todas las cosas bajo un control centralizado. Aunque Pablo tenía “aquellos con él”, y Pedro sus asociados, ellos consistían solamente en algunos de los apóstoles, no en todos los apóstoles. La Palabra de Dios no muestra que todos los apóstoles deban unirse en una sola compañía. Es perfectamente correcto que veintenas de hombres, o aun centenares, que han recibido el mismo encargo de Dios, se unan en el mismo trabajo; pero en las Escrituras no encontramos centralización alguna de autoridad para controlar a todos los apóstoles. Hay una compañía de apóstoles, pero no es lo suficientemente grande para incluir a todos los apóstoles. Eso es al estilo de Roma, no conforme a la Biblia.

Las facciones a que se hace referencia en Filipenses 1:15-17; 2 Corintios 11:12, 13, 22-23 y Gálatas 4:17 indican que la obra en los primeros días no estaba centralizada. Si hubiera estado centralizada, esos grupos no hubieran podido permanecer en pie, porque podrían haber sido combatidos eficazmente. Las Escrituras muestran que en la obra divina no hay organización universal ni control centralizado, lo cual explica el hecho de que el apóstol no tenía autoridad para tratar con esos grupos de personas que estaban causando tanta dificultad en las iglesias.

La explicación es ésta: Dios no desea que el poder de la organización tome el lugar del poder del Espíritu Santo. Aunque no hay control centralizado, siempre que todos los obreros sigan la dirección del Espíritu, todo marchará sin problemas y satisfactoriamente, y existirá la coordinación de un cuerpo. Cuando el pueblo cesa de obedecer al Espíritu y trabaja en el poder de la carne, entonces lo mejor es que la obra simplemente se deje desmoronar. Una buena organización a menudo sirve como un pobre sustituto del poder del Espíritu Santo, al mantener unida una obra aun después de que se ha ido toda su vitalidad. Cuando la vida se ha ido de la obra y el andamiaje de la organización todavía la sostiene, se evita su colapso; pero esa es una ganancia dudosa, porque una espléndida organización exterior puede estar cegando a los siervos de Dios a una profunda necesidad interior. Dios preferiría mejor que Su obra fuera descontinuada a que siguiera con esa falsificación de potencia espiritual. Cuando la gloria de Dios se había ido del templo, El mismo lo abandonó a una ruina total. Dios desea que la condición exterior y la interior correspondan, para que en caso de que la muerte invada la obra, Sus obreros puedan advertir de inmediato la necesidad que tienen y en humildad de corazón busquen el rostro del Señor.

Tener control centralizado trae muchos males; facilita que los siervos de Dios desatiendan la dirección del Espíritu, y muy pronto se desarrolla en un sistema papal, convirtiéndose en una gran potencia mundana. En las Escrituras es un hecho que los siervos de Dios son asociados en compañías, pero no en una sola compañía.

Sin embargo, eso no quiere decir que cada compañía simplemente pueda seguir independientemente, sin tener ninguna relación o comunión con las otras compañías. El principio de la unidad del Cuerpo es vigente aquí, igual que en todas las otras relaciones entre los hijos de Dios. En la Escritura no solamente vemos el principio de la “imposición de las manos”, sino también el de dar “la diestra” (Gá. 2:9). Aquél habla de identificación, éste de comunión. En Antioquía fueron impuestas las manos sobre Pablo y Bernabé; en Jerusalén no hubo imposición de manos, sino la diestra de comunión dada a ellos por Jacobo, Cefas y Juan. En Antioquía la esfera que se tenía en mira era una compañía apostólica, y el punto recalcado era identificación; por consiguiente, se les impusieron las manos. Pero en Jerusalén la esfera que se tenía en mira era la relación entre las diferentes compañías apostólicas y el punto recalcado era comunión, así que se les dio la diestra.

Muchos son llamados a laborar para el Señor, pero su esfera de servicio no es la misma, así que sus asociados no pueden ser los mismos. Pero las diversas compañías deben todas estar identificadas con el Cuerpo, sometiéndose al Señor como Cabeza, y teniendo comunión entre sí. No se impone las manos en la relación entre Antioquía y Jerusalén, sino que se da la diestra de comunión. Así que la Palabra de Dios no autoriza la formación de una compañía central; pero tampoco autoriza la formación de varias compañías, esparcidas, aisladas y sin interrelación. No hay un lugar central para la imposición de manos, ni existe solamente la imposición de manos y nada más en ninguno de los varios grupos; pero entre ellos hay también el dar la diestra de comunión el uno al otro. Cada compañía debe reconocer lo que Dios está haciendo con las otras compañías y debe extender la comunión a ellas, reconociendo que también ellos son ministros en el Cuerpo. Según la disposición de Dios ellos pueden trabajar en diferentes compañías, pero todos deben funcionar como un Cuerpo. Ofrecer la diestra de comunión implica un reconocimiento de que otras personas están en el Cuerpo, y de que estamos en comunión con ellos, trabajando juntos en forma interrelacionada, como conviene a miembros activos del mismo Cuerpo. “Como vieron que me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión...y reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a la circuncisión” (Gá. 2:7-9). Las organizaciones inconexas, esparcidas, trastornadas y en discordia unas con otras en la cristiandad, que no reconocen el principio del Cuerpo y no se someten a Cristo como Cabeza y a Su soberanía, nunca encajan en la mente del Señor.

COOPERACION ENTRE LOS OBREROS

Naturalmente surge la pregunta, ¿cómo deben cooperar los obreros y las sociedades relacionadas con la obra? A una compañía Dios le da una clase de ministerio, y a otra, un tipo de ministerio completamente distinto. ¿Cómo deben trabajar juntamente los diversos grupos? Pedro y sus asociados, y Pablo y aquéllos con él, fueron nombrados a diferentes esferas, pero en el evento de que sus obras coincidieran en parte, ¿cómo deben actuar? Puesto que no hay una centralización de obra, y al mismo tiempo hay varios grupos de obreros, ¿cómo deben cooperar estos grupos diferentes? Debemos notar dos puntos fundamentales con respecto a la obra:

(1) La primera responsabilidad de cada obrero —no importa cuál sea su ministerio o su obra especial— siempre que llegue a un lugar en donde no haya una iglesia local, es la de establecer una en la localidad. (Lo que se aplica al obrero individual se aplica también a cualquier grupo de obreros).

(2) Si llega a un lugar en donde ya existe una iglesia local, entonces toda su enseñanza y toda su experiencia deben ser aportadas a esa iglesia, para que sea fortalecida y edificada, y no debe hacerse ningún intento para adherir esa iglesia a sí mismo o a la sociedad que él representa.

Si un obrero va a un lugar en donde no hay iglesia y funda una para la propagación de su doctrina particular, entonces no podemos cooperar con él porque está edificando una secta, no una iglesia. Por otra parte, si un obrero va a un sitio en donde ya hay una iglesia local, y en vez de contribuir con su enseñanza y experiencia a la edificación de ella, trata de convertirla en una iglesia sucursal de la sociedad a la cual pertenece, entonces tampoco nos es posible cooperar, porque él está edificando una denominación. La base de comunión en la iglesia es la posesión común de vida en Cristo y el vivir en la misma localidad. La base de la cooperación en la obra es la meta común de la fundación y edificación de iglesias locales. Las afiliaciones denominacionales no nos impiden reconocer a alguna persona como perteneciente al Cuerpo, pero la meta de la extensión denominacional ciertamente nos impedirá cualquier colaboración en el servicio de Dios. El daño más grande que un obrero puede causar es que, en lugar de establecer y edificar las iglesias locales, adhiera a su sociedad los creyentes que él encuentra en un lugar o forme aquellos que han venido al Señor por sus esfuerzos en una sucursal de su denominación particular. Ambos procedimientos son condenados por la Palabra de Dios.

Pablo fue de Antioquía a Corinto y allí predicó el evangelio. La gente creyó y fue salva, y pronto hubo un grupo de santos en Corinto. ¿En qué clase de iglesia los formó Pablo? En la iglesia en Corinto. Pablo no estableció una iglesia antioquina en Corinto. El no formó en Corinto una sucursal de la iglesia en Antioquía, sino que simplemente estableció una iglesia en Corinto. Posteriormente Pedro llegó a Corinto y predicó el evangelio, con el resultado de que otro grupo de personas creyó. ¿Acaso dijo Pedro: “Pablo vino de Antioquía, pero yo he venido de Jerusalén, así que yo tengo que fundar otra iglesia. Yo estableceré una iglesia jerusalénica en Corinto, o formaré aquí en Corinto una sucursal de la iglesia en Jerusalén”? No, él aportó todos los que él había conducido al Señor a la iglesia local ya existente en Corinto. Después, Apolos llegó. De nuevo se salvaron personas, y de nuevo todos los salvos fueron añadidos a la iglesia local. Así que en Corinto había sólo una iglesia de Dios; no había denominaciones cismáticas. Si Pablo hubiera establecido el precedente de formar una iglesia en Corinto para extender la esfera de la iglesia de donde salió, llamándola la iglesia antioquina en Corinto, entonces al llegar Pedro a Corinto él habría podido argüir: “Está bien que Pablo fundara una iglesia antioquina en Corinto puesto que él vino de Antioquía, pero yo no tengo nada que ver con Antioquía; mi iglesia está en Jerusalén, así que tengo que establecer una iglesia jerusalénica aquí”. Apolos, al llegar a Corinto, a su vez habría seguido el ejemplo y habría establecido otra iglesia como sucursal de aquella de la cual él salió. Si cada obrero tratara de formar una sucursal de la iglesia que él representa, entonces las sectas y las denominaciones serían inevitables. Si la meta de un obrero en cualquier lugar no es establecer una iglesia local allí, sino extender la iglesia de la cual él salió, entonces no está estableciendo una iglesia de Dios en esa localidad, sino solamente su propia sociedad. Bajo tales circunstancias no hay ninguna posibilidad de cooperación.

Las condiciones han cambiado grandemente desde los días de los primeros apóstoles. El cristianismo ha perdido su pureza original, y todo lo relacionado con él está en un estado falso y confuso. A pesar de eso, nuestro trabajo actual todavía es el mismo que en los días de los apóstoles primitivos: el fundar y edificar iglesias locales, las expresiones locales del Cuerpo de Cristo. Así que, si nos encontramos en un lugar en donde no hay iglesia, deberíamos buscar el rostro del Señor pidiendo que nos capacite para ganar almas para El y formarlas en una iglesia local. Si estamos en un lugar en donde hay misiones o iglesias afirmadas sobre bases sectarias o denominacionales, pero no hay ninguna iglesia afirmada sobre el principio fundamental del Cuerpo y de la localidad, entonces nuestro deber es exactamente el mismo, es decir, fundar y edificar una iglesia local. Muchos persistirán en sus costumbres antiguas, así que el número de personas que estén afirmadas sobre la base clara de la iglesia puede ser mucho menor que el número total de cristianos en la localidad. Pero la extensión de la base sobre la que están afirmados es tan amplia como la que debe tener la iglesia, de manera que todavía es nuestro deber mantener esa base. Solamente podemos cooperar con aquellos que están edificando el Cuerpo de Cristo expresado en las iglesias locales, y no con aquellos que están edificando otras cosas. Conexiones denominacionales no nos obstaculizan la comunión en el Señor, pero extensiones denominacionales sí nos impiden la cooperación en la obra de Dios.

En esto se encuentra el principio más importante en la obra de Dios: un obrero no debe procurar establecer una sucursal de la iglesia de la cual ha salido, sino establecer una iglesia en la localidad a la cual llega. El no hace que la iglesia en el lugar al cual va sea una extensión de la iglesia en el lugar de donde viene, sino que establece una iglesia en esa localidad. A dondequiera que vaya establece una iglesia en ese lugar. El no extiende la iglesia dé su lugar de origen, sino que establece la iglesia en el lugar que lo acoje. Puesto que en las Escrituras todas las iglesias son locales, Jerusalén y Antioquía no pueden tener iglesias sucursales. No podemos extender una iglesia local a otra localidad, sólo podemos formar una iglesia nueva en esa localidad. La iglesia que los apóstoles establecieron en Efeso es la iglesia en Efeso. La iglesia que ellos establecieron en Filipos es la iglesia en Filipos. Las iglesias que ellos establecieron en otros lugares son las iglesias de esos diversos lugares. No hay precedente en las Escrituras para establecer iglesias que no sean iglesias locales. Es perfectamente legítimo extender la iglesia de Dios, pero es completamente erróneo extender una iglesia local de Dios. ¿Cuál es el sitio en el que yo deseo trabajar? Es la iglesia en ese sitio la que debo procurar establecer.

Ahora, hay dos clases de obreros, a saber, aquellos que se afirman en terreno bíblico y los que se afirman en terreno denominacional o de su misión. Pero aun en cuanto a los que se afirman en terreno denominacional o de su misión, el principio de cooperación es exactamente el mismo: la única meta de fundar y edificar la iglesia local.

La obra de evangelización tiene como fin primordial la salvación de los pecadores, pero su resultado espontáneo es una iglesia en donde se realiza dicha obra. El objetivo inmediato es la salvación de los hombres, pero el resultado final es la formación de iglesias. El peligro que el misionero afronta es el de formar aquellos a quienes él ha conducido al Señor en una sucursal de la sociedad que él representa. Puesto que los obreros representan diferentes sociedades, ellos naturalmente forman diferentes sucursales de sus respectivas sociedades, y la consecuencia es una gran confusión en la obra y las iglesias de Dios. La meta inmediata de los diversos obreros sin duda es la misma, —¿qué predicador no espera que muchas almas sean ganadas para el Señor?— pero hay una falta de claridad y definición con relación al resultado final. Algunos obreros, alabado sea Dios, tienen como meta establecer iglesias locales, otros, ¡qué lástima! tienen como objetivo extender su propia denominación o formar iglesias de misión.

Este es un punto en el cual mis compañeros de labores y yo no podemos estar completamente de acuerdo con muchos de los hijos de Dios. De lo más profundo de nuestros corazones damos gracias a Dios que en el siglo pasado El envió a China tantos de Sus siervos fieles, para que aquellos que estaban asentados en tinieblas pudieran escuchar el evangelio y creer en el Señor. Su abnegación, su diligencia y su piedad han sido verdaderamente un ejemplo para nosotros. Muchas veces, al ver las caras de los misioneros que sufrían por causa del evangelio, hemos sido conmovidos a orar: “Señor, haznos vivir como ellos”. ¡Que Dios los bendiga y les dé su galardón! Reconocemos que somos completamente indignos de tener participación alguna en la obra de Dios, pero por la gracia de Dios somos lo que somos, y puesto que Dios en Su gracia nos ha llamado a Su servicio, no podemos sino buscar serle fieles. No tenemos nada que criticar, y mucho que admirar, en cuanto a la obra evangelística de nuestros hermanos misioneros; sin embargo, no podemos sino poner en duda sus métodos al tratar con los frutos de dicha obra. Porque en los últimos cien años no ha resultado en la edificación de iglesias locales sino en la formación de iglesias de misión, o de iglesias sucursales de las diversas denominaciones que los misioneros representaban. A nuestro parecer esto es contrario a la Palabra de Dios. No hay en la Escritura mención alguna de la edificación de denominaciones; allí solamente hallamos iglesias locales. ¡Que Dios me perdone si estoy equivocado!


IGLESIAS LOCALES E IGLESIAS DE MISION

Permítaseme mencionar un incidente personal. Hace algún tiempo conocí a cierto misionero en Shangai quien me preguntó si no sería posible que yo cooperara con su misión. No sabiendo exactamente qué contestar, no me comprometí. Posteriormente me lo volví a encontrar en otra parte del país, y nuevamente repitió su pregunta y deseaba saber si yo tenía algo en contra de su Misión. Yo le contesté: “No me atrevo a criticar su Misión, aún cuando no creo que encaje en el pensamiento pleno de Dios. Creo que la voluntad de Dios era establecerla para que los siervos de Dios en tierras occidentales pudieran venir a China a predicar el evangelio. No tengo nada que decir acerca de la Misión como grupo, porque las Escrituras hablan de compañías de obreros; y si usted cree que debe estar organizada, que debe tener funcionarios, y que debe llevar un nombre específico, debe responder a Dios y no a los hombres por eso. ¿Quién soy yo para criticar a los siervos del Señor? Pero aunque no critico, no puedo tampoco copiar, porque Dios no ha revelado eso como Su voluntad y camino para mí. Tocante a la Misión como misión, no tengo nada que decir, pero tengo serias dudas con respecto a las iglesias formadas por la Misión. Para explicarlo, permítame decirle que usted representa a la Misión ‘X’. Ahora, ¿los salvados por intermedio suyo forman la Iglesia ‘X’ o forman la iglesia de la localidad específica en que viven? Puede ser perfectamente correcto que misioneros pertenezcan a la Misión ‘X’, pero está totalmente equivocado que ellos hagan que los frutos de la Misión lleguen a ser la Iglesia ‘X’. La Palabra de Dios no ha prohibido expresamente la formación de una Misión ‘X’, pero claramente desautoriza la fundación de iglesias que no sean locales”.

Entonces mencioné los ejemplos apostólicos, señalando que ellos siempre procuraban fundar o edificar iglesias en la localidad donde laboraban con el fruto de dichas labores. Ellos nunca usaron esos frutos para formar sucursales de los grupos en que trabajaban; de otra manera la iglesia de Dios hubiera sido desgarrada por numerosas facciones desde su mismo comienzo.

Entonces tomé como ejemplo la obra en T—. “Allí en T—”, dije, “Dios le ha usado para ganar muchas almas. Si la gente salvada por intermedio suyo son la iglesia en T—, entonces si vengo a T— ciertamente me juntaré con ellos, sin importarme su estado espiritual, ni su forma de organización; de otro modo, yo sería culpable de sectarismo. Pero si usted edifica una Iglesia ‘X’ en T— con los salvados allí, entonces no está edificando la iglesia de Dios en T—, y a tal ‘iglesia’ siento mucho decir que no puedo unirme. Me veré obligado a obrar separadamente en T— a menos que haya una iglesia allí, afirmada en el terreno bíblico de localidad.

“Si todos tenemos como meta establecer iglesias locales entonces hay toda posibilidad de cooperación. Es permisible establecer una Misión ‘X’, pero no es bíblico establecer una Iglesia ‘X’. Supongamos que su Misión ‘X’, al llegar a T—, establece una Iglesia ‘X’; después otras misiones diferentes llegan a T—, cada una estableciendo una ‘iglesia’ de misión separada. Eso sería igual a que Pablo estableciera una iglesia antioquina en Corinto y a que Pedro al llegar poco tiempo después estableciera una iglesia jerusalénica allí. Sobre tal base, la cooperación es imposible, porque estaríamos desatendiendo el patrón que Dios nos ha mostrado claramente en Su Palabra, el establecimiento de iglesias locales.”

“Si llegamos a un lugar a fundar una iglesia, ésta entonces tendrá que ser local, intensamente local, sin ninguna cosa extraña que le quite en lo más mínimo su carácter local. Si usted llega a T—, con la única mira de establecer la iglesia en T—, y yo llego a T—, con la única mira de establecer la iglesia en T—, entonces la cooperación no será problema. Aun si ciento un misioneros, representando a ciento una Misiones, llegan a T— con ésta como su única meta, el establecimiento de la iglesia en T—, entonces no habrá posibilidad de sectarismo, y la cooperación será un asunto espontáneo. Si el objetivo de la Misión ‘X’ es sólo predicar el evangelio, entonces tenemos la posibilidad de trabajar juntos, pero si hay una meta doble con, a saber, la predicación del evangelio y la extensión de la Misión, entonces la cooperación no es posible. Si un obrero procura por una parte predicar el evangelio, y por otra parte extender su propia sociedad, es imposible que trabajemos juntos”. Que una persona se haya propuesto establecer iglesias locales o no, determina si podremos cooperar con él. No importa a cuál misión pertenezca un hombre, si él llega a un sitio, no procurando establecer su propia “iglesia”, sino una iglesia en la localidad, entonces estamos perfectamente dispuestos a trabajar con él. Aunque no somos una Misión, estamos totalmente dispuestos a cooperar con cualquier Misión si ellos no tienen ningún objetivo particular, sino solamente el fin que Dios ha mostrado como Su voluntad acerca de Su obra.

Que Dios nos conceda gracia para ver que todas Sus iglesias son iglesias locales.

Señales de los últimos tiempos

2Timoteo 3:1 Pero debes saber esto: que en los últimos días vendrán tiempos difíciles.
2Ti 3:2 Porque los hombres serán amadores de sí mismos, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, irreverentes,
2Ti 3:3 sin amor, implacables, calumniadores, desenfrenados, salvajes, aborrecedores de lo bueno,
2Ti 3:4 traidores, impetuosos, envanecidos, amadores de los placeres en vez de amadores de Dios;
2Ti 3:5 teniendo apariencia de piedad, pero habiendo negado su poder; a los tales evita.